domingo, 14 de octubre de 2012

Capítulo 6: Aria.



  • La zorra que los parió a todos -gritó mi hermano, entrando en mi habitación.
  • Michael, te agradecería que te dieras la vuelta mientras me visto -dije, mientras me ponía la camiseta. 
  • Perdón -se dio la vuelta obedientemente-. Pues eso, la zorra que los parió a todos. ¿Sabes a que instituto nos han mandado? 
  • No, mientras no sea al Eton, yo feliz -dije, estaba harta de aquella cárcel.
  • Pues casi que lo prefería. Nos vamos al Madison Norte -dijo, con voz sombría-. Adivina que profesor hijoputa está allí.
  • No. 
  • Hola, profesor Vane  -dijo él, poniendo voz de niño bueno-. ¡Ah! Espera, que se me olvida. Hola, profesor Lamas.
  • Vete a la mierda -le dije y le lancé una rana de peluche que se llamaba Rana. Un nombre muy imaginativo, si señor-. Genial, hijo de puta y pederasta. Pues me suicido.
  • Suicidio colectivo -dijo él, desanimado-. No quieeeeeeeero...
  • Niños, nada de suicidarse -dijo mi madre, desde el piso de abajo.
  • ¿Cómo lo sabe? -preguntó mi hermano dándose la vuelta.
  • No lo se y MICHAEL -entre risas, salió de mi habitación. 
En vez de bajar las escaleras como una persona normal salté a la alfombra, esquivando por poco una mesita con un jarrón lleno de peonias. Mi hermano leía un libro mientras que mi madre le tomaba las medidas de un brazo para algún nuevo traje. Levantó la vista de su libro y, mientras mi "adorada" madre anotaba algo en un papel, me hizo gesto frenéticos para que huyera lo antes posible.
Mi padre entró por la enorme cristalera que daba al jardín y se quedó parado. Entre que mi madre estaba despeinada, llena de pintura, con varios metros al cuello y vestida como si fuera una artista muerta de hambre, mi hermano haciendo gestos sin la camiseta y yo le contestara haciendo mímica, la escena tenía que ser mucho.

  • Cariño -le dijo a mi madre, cuando se recuperó de la primera impresión-. Quizás...
  • Ahora no, James -le dijo, moviendo una mano, como si fuera un mosca molesta-. Estoy trabajando.
  • Vamos, que no hemos terminado de desempaquetar todo -y la agarró para que le acompañara-. Hijo, ponte una camiseta o algo que me estás matando de frío. 
  • Vale, papá -dijo él con desinterés-. No puede dejar a Adrianne, ella está enamorada de él. Puto Jules.
  • Michael, ¿qué coño estás leyendo? -le pregunté, cogiendo la camiseta que había sobre el respaldo del sofá.
  • Ni idea, uno de los libros de mamá -dijo, pasando un par de páginas-. No pillo mucho la historia, pero bueno...
  • Deja eso anda, que tu cerebro no da para tanto -dije e intercambié el libro por la camiseta.
  • Gracias por el halago, hermanita -dijo él, sonriendo. 
  • De nada -nos miramos sin saber que hacer-. Bueno... ¿Qué hacemos?
  • ¿Nos vamos de compras? -Michael podía ser de lo más extraño. A veces parecía que, en vez de un hermano, tenía una hermana-. Yo conduzco.
  • Vale, ¿tienes dinero? Porque yo no -negó con la cabeza y se encogió de hombros.
  • No hay de que preocuparse.

Me estaba preocupando. Y mucho.
Me empujó por el pasillo y cogió las llaves del Mercedes... Al igual que la cartera de mi madre, su móvil y una chaqueta.

  • Mamá, nos vamos de compras. Me llevo tu cartera y tu coche -dijo, mientras me empujaba y salía de casa.
  • ¡MICHAEL! -gritó mi madre desde el jardín y nosotros entramos rápidamente en el coche.
  • Mamá te matará -le dije, mientras me abrochaba el cinturón.
  • Ámame, por lo menos yo te llevo de compras -dijo, mientras encendía el coche-. Mi pequeño Mercedes, ¿me has echado de menos?
  • Hola, mamá -dije, mientras que mi querida madre aparecía. Con una pala en la mano. Mi hermano bajó la ventanilla y le sonrió.
  • No te preocupes mamá, no vaciaremos tu cartera. Ciao -salimos a la carretera, riéndonos y con ganas.

Llegamos al centro comercial y nos repartimos el dinero a medias.

  • Cincuenta para ti -dijo mi hermano-. Y ciento treinta para mi. 
  • ¿Y si lo hacemos al revés? -dije, poniéndole ojitos.
  • No -puso cara de palo.
  • Pues le compro una piña a mamá -me di la vuelta, con intención de irme.
  • ¡NUNUNUNUNUNUNUNU! -gritó él, en medio del parking subterráneo-. TE DARÉ LO QUE QUIERAS, PERO NO HAGAS ESO.
  • A medias. Noventa para cada uno -negocié y aceptó sin rechistar.

Entramos dentro y como si fuera un imán que nos atrajera, entramos en la primera tienda de música que vimos. Saludamos alegremente al dependiente sin conocerlo de nada y nos fuimos directamente a mirar discos.

  • Justin, Justin, Justin... -dije, pasando un dedo sobre la estantería-. Green Day... Linkin Park. Michael, están aquí.
  • Voy -mi hermano me puso las manos en los hombros mientras yo leía las canciones disponibles en Minutes to Midnight, un disco del 2007 que yo no tenía-. ¿Sabes? Acabo de ver Underclass Hero, por allí.
  • ¿Cuanto cuesta? -pregunté, mirando el precio del disco. 20 £-. Joder, que caro.
  • Creo que 17 £ -dijo él, desinteresado-. ¿Y de Green Day nada, no?
  • Nada. Siguen con American Idiot -mi hermano soltó una risita tonta y yo le di con la caja en la cabeza-. Sigamos mirando, pero Linkin Park se viene conmigo.

Cotilleamos la tienda un rato, y en un momento dado mi hermano me arrastró, literalmente, hasta la otra punta de la tienda. Me plantó delante de una estantería y no paraba de repetir: Muse, Muse, Muse, Muse, Muse, Muse, Muse, Muse, Muse...
Miré el estante que me quedaba unos centímetros por encima de mi cabeza. Cogí una de los estuches y me sorprendí.

  • Oh, My Gosh -dije, y chasqueé la lengua-. Black Holes and Revelations.
  • Me encanta cuando hablas así en inglés -me susurró mi hermano-. Ese acento es muy sexy.
  • Michael, que soy tu hermana -le reprendí, pero él me abrazó y apoyó la barbilla en mi hombro.
  • Yeah, babe -dijo.
  • Si no fueras mi hermano te besaría -le dije. Sip, mi hermano y yo nos tratamos así siempre. Todo muy ok.
  • Si no fueras mi hermana no me importaría -me soltó.
  • Vamos a pagar. Muse, Sum 41 y Linkin Park -canturreé y me deshice de su abrazo-. Sum lo pago yo, Muse lo pagas tú y Linkin Park va a medias.
  • Vale -dijo sin hacerme mucho caso. Entorné los ojos, le quité el dinero y fui a pagar.

Salimos de la tienda hablando animadamente sobre algo sin mucha importancia. Entramos en un par de tiendas de ropa y salimos con unas cuantas bolsas.

  • ¿Pero tu crees que esos pantalones negros me sientan bien? -dijo él, fingiendo una voz de mujer-. Es que me parece que no va acorde con mi estilo, ¿sabes?
  • Uf, tía, es que te juro que esos pantalones te quedan de infarto -dije, poniendo voz de pija.
  • Pues yo te digo que no, osea que no. Vamos, que he visto un vestido precioso para ti, querida -dijo, haciendo ademán de darse la vuelta.

Me río, sin dejar de caminar.

  • No, en serio -dijo, dejando de hacer el idiota. Me agarró del brazo y tiró de mi en dirección contraria. 

Noté un pinchazo en la nuca, como si alguien me mirara fijamente. Me giré todo lo que pude con el brazo de mi hermano sobre los hombros, a mi espalda creí distinguir un chico que me miraba. Me sonaba de algo... O no. Pasé de él y entramos en Hollister, arrastrada por mi "querido" hermano.
Media hora más tarde y quince vestidos diferentes salgo con una bolsa más. 

  • Estoy cansada, Michael -me quejé-. Vamos a tomar algo...
  • Eh... Claaaaro... -está o muy despistado o muy dormido.
  • Michael, ¿qué miras? Joder... -seguí su mirada y veo a una bonita chica de unos diecisiete años, de pelo rojo y mechas negras-. Mira que te gustan las pelirrojas...
  • Sobre todo las que miran libros, hermanita... -dijo y dejó de moverse-. Yo te abandono aquí.
  • Ya decía yo que tardabas. ¡Nada de engañarme con ella! ¿eh? ¡Que te vigilo!
  • Si, si... Nos reunimos a las nueve en casa... Digo, aquí... digo... -está demasiado perdido. ¿Cómo puede ser que todavía ninguna chica se haya dado cuenta de lo fácil que es usarle? Bueno, mejor. No me gustaría ver a mi hermano con su tierno corazoncito de niño roto. De eso me encargo yo y SOLO YO.

Seguí a mi aire, pero me acabó entrando el hambre. Con tanta bolsa y tanta vagancia junta, entré en un Nando's que había por allí. 
Pedí algo para llevar y una lata de coca-cola. Me senté en un mesa y cogí mi móvil. Entré en tuenti y vi un "precioso" mensaje de Alba, mi mejor amiga (aunque estuviera en España):

ZORRA, AHORA VAS A LIGAR CON MOGOLLÓN DE INGLESES GUAPOS Y ME DEJAS AQUÍ TIRADA, ¿NO? AH. POSOK, ZORRA. YO-QUERÍA-IR. NO ME LLEVASTE. TE ODIO. QUITIDIN. NO ME HABLES, FURCIA. MORRE. PUES AHORA ME SUICIDO. 

Aguanté la risa a duras penas. 
Escribí la respuesta y cerré tuenti. Entré en twitter y contesté a un par de menciones. Vi una de mi propio hermano que decía que se llevaba a Diana (supuse que era la pelirroja) a dar una vuelta. Que volvería a eso de las ocho. 
O lo que era lo mismo: No iba a volver. 
Tendría que ir hasta casa andando... Hijo de perra. 
Miré por la ventana del establecimiento y vi pasar a varias parejas. Al rato mi buen humor desapareció. Un chico le puso un collar a su novia, se besaron y desaparecieron. Inconscientemente me llevé la mano al cuello y rocé la cadena de latón que sujetaba un colgante con forma de corazón. Me lo quité y lo miré con una mezcla de tristeza y odio. La pintura barata de color plateado hacía tiempo que se había ido, pero no lo que significaba. Aquel collar me lo había regalado un chico del que había estado enamorada y... bueno, era cosa del pasado. 
"¿Por qué no me deshago de el?" me pregunté a mi misma. 
Tal vez era por los recuerdos que traía o no, quien sabe. Pero me sentía rara al separarme de él. Suspiré pesadamente y me froté los ojos. Estuve un rato así hasta que comencé a ver estrellitas en mi párpados. Abrí los ojos y me puse el collar. 
Recogí mis cosas y mi lata de coca-cola medio llena. O medio vacía, dependiendo del punto de vista de la persona. Me dirigí a la salida. Un grupo de chicos, uno de los cuales tenía unos rizos bastante monos, pasaron por mi lado.

  • ¡El de los rizos! -gritó alguien y yo, que iba bebiendo, me atraganté. 

Fui corriendo hasta una planta de decoración que había por allí y escupí la coca-cola. Empecé a reírme, con la cabeza entre las hojas de la planta. 
Al rato noté una mano en la espalda y al incorporarme vi a un guardia de seguridad con aspecto serio. Me dirigió una mirada de recelo y yo cogí mis cosas y me fui.
Entré en Claire's. Me compré unos pendientes de pluma de color negro y una cajita que contenía tres pares de pendientes de pluma también, pero de color blanco, gris y rosa. Mientras pagaba, volví a notar el pinchazo en la nuca. Lo ignoré y le entregué el dinero a la dependienta. Cogí mi nueva compra, pero antes de salir me detuve. Miré un collar de color dorado que tenía un colgante que me encantó. Era un serpiente. La serpiente era de color plateado. Al acercarlo vi que las piedrecitas que hacían de ojos eran de color verde esmeralda. Por algún motivo me recordó a la serpiente que Slytherin tenía como animal representativo. 
Aunque no era de extrañar. Una serpiente, el color plateado y el verde esmeralda. Todo encajaba.
Esperé a un bus y fui a casa. 
No sin antes pasar por una tienda de animales.
Al llegar estaba tan cansada que solo quería tirarme sobre la cama y asfixiarme en mi propia almohada, pero tenía cosas que hacer y una venganza que llevar a cabo. Dejé las bolsas en mi habitación y haciendo una paradita en el cuarto de mi hermano, bajé a la cocina.

  • Cariño... -empezó a decir mi madre, algo cortada.
  • Si, si... Ya hago la cena -dije cansinamente, mientras me ponía el delantal.
  • Han venido los vecinos -susurró ella, como si temiera que le lanzara un tenedor o algo.
  • Que bien -dije, sin que me importara mucho.
  • Y la novia de tu hermano -dijo, con voz queda.
  • ¿Diana o Marcela? -pregunté. Sip, mi hermano solo había estado dos días en Inglaterra y ya tenía dos novias. 
  • Marcela, ¿quien es Diana? -preguntó.
  • Nadie, mamá -dije, cortando la carne. 
  • Y... -dejé caer el cuchillo y al levantarlo había un profundo corte el la tabla de cortar.
  • ¿Si, mamá?
  • No, nada -salió de allí por patas.

Hice la cena con ayuda de mi padre. Éste se compadecía de mi y lamentaba lo que me había pasado.

  • Ya sabes como es tu hermano, no se porque sigues confiando en él -me dijo.
  • Pero la venganza será mía -le repliqué, y me reí en voz baja con malicia-. Ya verás lo que se va a encontrar esta noche en su habitación. 
  • No quiero saber que has hecho -metió el lomo en el horno y al levantarse sonrió-. Eres capaz de todo, para algo eres una Slytherin. 
  • Según un par de tests soy una Gryffindor y una Ravenclaw.
  • Eso es que no funcionan bien -negó con la cabeza. Tanto a mi como a mi padre nos encantaba Harry Potter, eso era un hecho-. ¿Y tu hermano que es?
  • Un Hufflepuff -dije, con voz plana.
  • No seas mala -me reprendió con cariño.
  • Él solito se lo ha buscado -me quité el delantal-. Nadie deja tirada a una Slytherin.

Mi padre terminó de hacer la cena. 
Me fui a cambiar y cogí unos pantalones y una camiseta que había comprado. Bajé las escaleras y esquivé por poco a mi hermano, que llevaba una bandeja con carne y patatas. Me miró con odio y yo le sonreí con suficiencia.
Al entrar en la sala creí haberme equivocado de habitación. Era imposible que hubieran arreglado el salón, repapelado las paredes y puesto cortinas nuevas en solo una tarde, ¿verdad? ¿¡VERDAD!? 

  • Mamá hace milagros -me susurró mi hermano, dejando una botella de vino sobre la mesa.
  • Si es que no provoca desastres... -me lamenté yo.

Él se empezó a reír y con ganas mientras que iba hacia la cocina a por otra bandeja.

  • Cariño, ven -dijo mi madre, con ojos brillantes. ¿Qué...? Me asustaba esa mirada. En cualquier otra madre sería lo más normal del mundo. Una mirada que decía que había encontrado algo genial para su hija. Una mirada que decía que algo muy bueno iba a pasar. Una mirada que me aterrorizaba y más cuando la tenía en los ojos Aurora Marie Wildsmith, mi madre-. Os presento a mi hija, Arianne Sybill Si... 
  • No digas mi tercer nombre, mamá, o lo pagarás muy caro -le amenacé, sin importarme la presencia de los vecinos ni de la novia de mi hermano.
  • Cariño, no hay porque avergonzarse del nombre de Sin... -le corté, poniéndole las manos sobre la boca. 

Una cosa era ser fan de Harry Potter y otra muy distinta era dejar que tu padre te pusiera nombre al nacer. Y yo, por muy fan que fuera, no estaba dispuesta a que la gente se riera de mi tercer nombre. ¿Por qué a mi?
El silencio se hizo pesado, pero alguien comenzó a reírse. Miré a quien se reía. Era el hijo de mis vecinos. Oh, vaya... Si, era muy mono, todo había que decirlo. El chico se reía a gusto y Marcela también comenzó a reír. Poco a poco el aire se fue llenando con las risas. Cenamos tranquilos, yo estaba comentando cosas sobre unas pinturas y cuadros que había visto con mi padre y, como de costumbre acabamos charlando sobre si la Señora Gorda tendría un nombre. Mi madre charlaba animadamente sobre sus trabajos de costura y mi hermano estaba demasiado ocupado en Marcela... O pensando en Diana, quien sabe. El único que casi no hablaba era el hijo de los vecinos, aunque a mi no me importaba. 
A eso de las once se marcharon. 

Eran casi las doce cuando terminamos de recoger y mi madre y yo veíamos una película, sentadas en el sofá. Sin previo aviso, Michael entró corriendo, asustado como un conejillo. Se escondió a mi espalda, entre risitas nerviosas.

  • ¿Qué pas...? -mi pregunta fue interrumpida por mi padre.
  • MICHAEL ALASTOR WILDSMITH -gritó él desde la cocina.
  • Sea lo que sea lo que hayas hecho, estás muerto -dije, sin inmutarme siquiera.
  • Por Dios... -se lamentó mi madre y comenzó a levantarse.
  • No, mamá. Deja que sea yo la que calme a un Gryffindor -dije con voz cansina, y fui hasta la cocina.
  • ¿Donde está ese asqueroso...? -empezó a decir mi padre.
  • Muggle -terminé yo-. Sea lo que sea, él no es un mago y en el caso de que lo fuera sería un Hufflepuff, no hay que enfadarse con él. Es tonto -era una excusa de lo más extraña.
  • Hija, sabes que te quiero -comenzó a decir él. Dijera lo que dijera seguiría leyendo más libros de Harry Potter-, pero ahora acabas de convertirte en mi ídolo.
  • Venga, papá -dije yo, con falsa modestia-. No será para tanto. Que a mi querido hermano no le interese tanto Harry Potter no significa que tengas que matarlo. Además...
  • Lo mataré. ¿Sabes como ha quedado el Mercedes? Hecho un fiasco. Asqueroso, tiene más abolladuras que nunca, además de dos ruedas pinchadas, y el motor quemado -mi cara era épica-. Por si fuera poco está en el fondo de un lago -más épica todavía-. Yo lo mato, lo mato...
  • Papá, tranquilo. Hagámosle como a Alastor Moody, encerrémosle en un baúl. Al fin y al cabo va en su destino -dije con rotundidad-. Se llama Alastor.
  • Aria, eres mi hija predilecta -dijo y me abrazó.
  • Soy tu única hija -le repliqué.
  • Y además te llamas igual que la profesora de mi asignatura favorita.
  • Odio Astronomía... -dije. 
  • Y tu segundo nombre también es bonito -murmuró mi padre, ensoñadoramente.
  • Odio Adivinación... No vale, tu te llamas James...
  • Jejejejejeje....
  • Infinito desprecio -y tras haber aplacado el enfado de mi padre, volví al salón-. Idiota, estás a salvo -le dije a mi hermano, que se refugiaba en el abrazo protector de mi madre.
  • Okis.

Nos fuimos a dormir e intercambié una mirada cómplice con mi padre. Entré en mi habitación y bloqueé la puerta. ¿Estar a salvo? Michael, nunca creas la palabra de una Slytherin, pensé malevolamente, mientras mi hermano gritaba: SERPIENTEEEEEEEEEEEEEEEEE.
Y además tenía nueva mascota, ¿qué más podía pedir?

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