El pequeño pueblo desapareció y quedó atrás.
- Aria -dijo mi hermano mayor sacando otra vez un boli y una libreta-. ¿Otra partida de tres en raya?
- Michael, llevamos quince partidas... Vamos a empate -repliqué yo, poniendo los ojos en blanco-. Ganas: CERO.
- Dios, menudo asco -dijo y tiró la libreta al suelo del Mercedes Benz Clase C que yo misma había elegido en el concesionario para mi madre.
- Michael, recoge eso -dijo mi madre, más concentrada en nosotros que en la carretera.
- Aja, mamá -dijo él, pero lo dejó en el suelo-. Tú atiende a que no nos maten, que aquí se conduce por la derecha y en España por la izquierda. Y sé que te acostumbraste a quedarte al sol de allí.
- Hijo, que yo nací y me crié aquí -replicó mi madre, ofendida por el comentario de mi hermano.
- Aja, mamá -asintió él, más bien ignorándola-. ¿A ti que país te gustó más? -me preguntó en un perfecto español.
Nos miramos durante un breve instante para acabar diciendo al unísono:
- España.
- Niños, ¿de que habláis? -preguntó mi madre.
- Estamos diciendo cual es nuestro país favorito -decimos a la vez en nuestro "perfecto" español.
- Yo creo que Dubai fue precioso -opinó mi madre.
- Claro, precioso y aburrido -dijo mi hermano-. Las chicas de allí no eran interesantes.
- ¡Michael! -gritó ella-. ¡Que te tengo dicho!
- Nada de ligoteos -murmuró él, abochornado. Mi madre lo miró con gravedad y yo aguanté la risa.
¿Mi hermano a menos de cincuenta metros de una chica y no liga? !Ay! ¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! ¡Que me parto, por Dios! Lo que yo digo siempre. Él es el guapo de la familia (aunque a mi como hija no me corresponde decirlo, mi madre también es guapa y mi padre bastante atractivo) y después quedo yo. La última mona de la familia. Mi abuela dice que soy adorable y demasiado guapa como para que vaya sola por la calle de noche (exagera, fijo). Lo típico de las abuelas, vamos.
Incluso mi abuela tiene un aire admirable e imperioso o algo así.
- Psssss -susurró mi hermano, al ver que me pierdo en mis pensamientos mientras la campiña inglesa desfilaba por detrás de mi ventanilla-. Cunde ser los nuevos a mediados del tercer trimestre, ¿verdad?
- Claro, cunde las primeras ocho veces en el mismo instituto, ¿sabes? -le repliqué.
- Ya, bueno, ¿crees que habrá gente nueva? -preguntó con curiosidad-. Es que a mi me cansan las mismas chicas histéricas de siempre.
- Niños, ¿de que habláis? Sabéis que odio que murmuréis -dijo mi madre y miró por el retrovisor. Al ver a mi hermano mal sentado frunció el ceño-. Michael, siéntate bien -Michael hizo una mueca y se sentó bien-. Y ahora, ¿de que habláis? No refunfuñes, Michael.
- Del colegio, mamá -dije yo, poniendo los ojos en blanco-. Nos preguntábamos si habría gente nueva.
- Michael, no juegues con el cinturón. Claro que si, éste curso iréis a otro colegio y más os vale que no me llegue (Michael, deja ese bolígrafo, te vas a sacar un ojo) ni una sola carta diciendo que (Michael, ponte el cinturón ahora mismo) hay problemas, ¿entendido? ¡Michael, por favor!
- ¿¡Quéeeeeeeee!? -puse los ojos en blanco de nuevo. Dios, que estrés de pareja.
- Que te estés quieto, leches -exclamó ella, mientras miraba alternativamente a la carretera y a mi hermano.
- Si yo no estaba haciendo nada -murmuró él, derrotado y alicaído.
- Por favor, tienes el mismo carácter que tu padre cuando era joven -se quejó ella y me miró a través del retrovisor-. Si es que mi pequeña Aria es la única con un poco de sentido común.
- Claro que si, mamá -dijo Michael con sarcasmo disimulado y yo le pinché con el boli.
Tras media hora en coche y mi elegante madre y mi guapísimo hermano discutiendo sobre si tendría que llevar uniforme en el nuevo instituto conseguimos llegar a la enorme casa de estilo colonial en la que mi madre se había criado. Bajamos del Mercedes y entramos rápidamente, antes de acabar empapados.
Había empezado a llover a cántaros.
Nada más cruzar el umbral de la puerta, mi hermano se sacudió el negro pelo como si fuera un perro.
- ¡Quita, bicho! -le grité cuando me salpicó.
- ¡Ya verás! -y empezamos a correr por toda la casa.
- ¡Niños! -escucho gritar a mi madre desde el primer piso antes de que Michael me atrapara y decidiera castigarme a base de cosquillas por torturarle en el coche con el boli.
A eso de las ocho, ocho y cuarto, yo ya había colocado toda mi ropa (que no era poca. Mi madre era diseñadora y yo era un maldito maniquí de pruebas, como mi hermano. Por suerte, no era muy conocida), mis libros (demasiados según mi hermano, pocos según mi padre), mis discos y todo un equipo de música. Antes de poder encenderlo escuché a mi hermano gritar: -¡¡YO NO ME PONGO UNIFORME NI AUNQUE ME MATEEEEEEEEEEEEEEEEEEEN!! Y a mi madre decir sencillamente: -Pues que te maten.
Y un portazo.
Suspiré con pesar y sacudí la cabeza. Me tiré sobre la cama y me pasé las manos por el pelo. Me deshice un nudo que tenía en las puntas y estuve a punto de coger las tijeras. ¿Qué iba a hacer el resto del fin de semana? Salir a dar una vuelta, si tal...
"¡Bah! Asco, yo estaba bien en España... Por lo menos no llovía tanto" pensé, mientras me quitaba las zapatillas y salía de mi habitación descalza.
Deambulé un rato hasta que me cansé. La casa era más grande de lo que parecía. En primer lugar, la entrada era rectangular y tenía una máquina de coser vieja como aparador. Después, la mitad de la estancia de la entrada quedaba reducida a tres: el espacio de la cocina, la escalera que subía a las habitaciones y el pasillo que conducía al salón. La cocina estaba separada del salón por una habitación que estaba cerrada con llave. El salón daba a un enorme jardín, que contaba con piscina, fuente y de todo. Incluso una pequeña terraza para tomar el té o lo que fuera. Un enorme sauce llorón (mi árbol favorito) mecía sus largas ramas sobre un enorme charco. Sacudí la cabeza y entré en la cocina.
- Mamá, ¿que coño estás haciendo? -pregunté, al verla apuñalando salvajemente una piña-. ¿¡MAMÁ!?
- ¿Ha perdido el juicio ya? -preguntó burlonamente mi hermano, pero la sonrisa se le borró de los labios al ver a nuestra elegante, refinada y calmada madre atacando con un cuchillo a una piña-. Mamá...
- ¡Piña infernal! -gritó ella y se calmó de golpe-. ¿Unas pizzas, no? -preguntó ella, tímidamente.
- Vale, pero no vuelvas a acercarte a una piña en tu vida -dijo Michael, asustado.
Llamó a una pizzería y nos trajo la cena.
Cenamos rápido y decidí salir a dar una vuelta. Cogí mi MPbicho (un MP3 dédalo de color azul eléctrico) y salí. Ni siquiera me acordé de mi móvil ni de mi reloj.
Mientras paseaba por las calles, me senté en un banco mientras escuchaba Wonderwall, de Oasis. Escuché un silbido detrás mía, pero lo ignoré. Tarareé la canción sin darme cuenta. Volví a escuchar el silbido.
"¿Me estás jodiendo o qué?" pensé, enfadada.
Cambié de canción y me tocó The Garden, de Take That.
Otro silbido y apagué el cacharro. Me estaba enfadando. Y mucho.
- Eh, ¿Adónde vas? -me preguntó una voz masculina desde atrás. Noté como enredaba un dedo en mi pelo-. Vamos, gírate.
- Adiós -dije secamente y me alejé. Ni siquiera le había mirado.
- ¿Adónde crees que vas? -me preguntó. Ahora parecía mucho más agresiva.
- Aja -le contesté-. Mira, aléjate porque te doy una hostia que te dejo gilipollas -dije en español y me giré. Por la cara que puso estaba segura de que no me había entendido.
- Guapa, eso suena a hostilidad -"oh, por Dios, si sabe que existen más palabras" pensé con sarcasmo-. Y más te vale seguir gustándome, gatita.
- ¿Y si no me da la gana que me vas a hacer? -repliqué, dándome la vuelta. En serio, no estaba de humor-. ¿No me vas a rascar las orejas?
- Creo que va a ser mejor usar otros métodos -dijo él, agarrándome de un brazo.
- ¿Cómo cuales? -preguntó otra voz masculina desde atrás-. Como le toques un jodido pelo, te mato.
- Viva la agresividad -susurré al tiempo que el tío que me había agarrado gritaba:
- ¿¡Quien mierda eres tú!?
A partir del segundo grito me perdí.
Cinco horas en coche, lloviendo y encerrada con mi hermano y mi madre en medio de una discusión podían ser más estresantes que cualquiera otra cosa junta.
- Ella viene conmigo -suelta de pronto el primer chico.
Me ofendí. MUCHO.
Nadie tomas mis decisiones. Y menos un desconocido.
- Sin pasarse -grité yo más alto que ellos. Que era bastante-. Soy lo bastante mayorcita como para cuidarme sola.
- ¿Y a mi qué? -soltó él, en tono desdeñoso-. Tú vienes conmigo, punto -suelta y me agarra del brazo con fuerza.
- Suéltala -intervino el segundo chico y se interpuso entre los dos. A pesar de la poca luz pude ver que tenía el pelo de color castaño, igual que los ojos. Rasgos angulosos y...
- Tu no te metas, imbécil -le dio un puñetazo, interrumpiendo mi descripción mental de chico.
- ¡Eh! -grité, y me agaché junto al caído-. ¿Estás bien? -pregunté. La parte izquierda de la cara comenzaba a ponerse roja y adquiría un tono más oscuro-. ¿Pero a ti que te pica? -le grité al otro tío.
- Mira, niñata -dijo él, en tono despectivo-. Deberías estar contenta de que te preste atención, porque no eres más que una niñata que no sirve ni para fregar el suelo y...
"Deberías tomar clases de defensa personal o algo" me aconsejó mi abuela. "El kárate o el taekwondo parece bastante útil. Ya sabes de que hablo"
"Gracias, abuela" pensé, mientras le arreaba una patada de taekwondo al tío aquel. A mi nadie me tachaba de inútil. Y menos aquel gilipollas.
Calló al suelo y al levantarse me miró con algo parecido al... ¿respeto?
- Esfúmate -le dije, nada más me miró. El chico salió de allí por patas y yo ayudé al otro a levantarse-. ¿Estás bien? -me repetía.
- S... Si -dejó escapar una risita nerviosa-. Ya veo que te las podías apañar tu sola.
- No, es que me enfadó y... bueno -le sonreí-. No soy peligrosa, si te lo estás preguntando. Solo fui cuatro meses a taekwondo. No acabé el curso.
- Vaya -rió suavemente.
Nos quedamos un momento en silencio.
Noté como una gota caía sobre mi mejilla. Al rato empezó a llover a cántaros de nuevo. Ambos nos refugiamos bajo un toldo.
Él sacó un móvil y llamó a alguien. entre palabras efusivas preguntó si podían ir a buscarle. Yo en cambio tenía que ir a patita a casa. Ni paraguas tenía.
- Podemos llevarte -dijo él, cuando llegó su coche.
- No subo a coches con desconocidos -leí su mirada y añadí-. Tengan buenas intenciones o no.
- Bueno -titubeó un momento y abrió varias veces la boca.
- Adiós -dije yo por él. Y me interné en la lluvia, dirección a mi casa.
Nada más llegar, me puse mi calentito pijama de color violeta y me metí en cama. Me quedé dormida mientras leía Harry Potter y la Orden del Fénix.
No podían matar a Sirius. Era mi preferido.